Apicalternativa – la decana fallecio jorge valls mp electricity bill payment online indore

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Jorge Vals Arango fue uno de esos cubanos ,que como Jose Marti se consagraron, en sus vidas, a la causa de una Cuba sin amos, sin dictaduras, de concordia y amor entre sus hijos e hijas. como dijera Marti : " Con todos y para el bien de todos." La estatura patriotica de Jorge Vals se resume en su inmenso amor a la Patria — al pueblo cubano — por encima de todos los rencores, odios y bajas pasiones. donde la noblesa de su espiritu , le permitio hacer uso del Perdon ,aun contra sus verdugos y la mas anti-cubana de las tiranias en la Historia. electricity usage by state Por toda su larga trayectoria dedicada a nuestra patria sean para Jorge Vals

Estuvo opuesto al régimen de Fulgencio Batista desde el mismo golpe de Estado de 1952, y en septiembre de 1955 participó, junto a José Antonio Echeverría, Fructuoso Rodríguez y un puñado de jóvenes, en la fundación del Directorio Revolucionario, al frente de la sección obrera. De dicha organización se separará en vísperas del asalto al Palacio Presidencial por considerar dicho plan mal concebido, tanto táctica como estratégicamente.

La huida de Batista y subsecuente llegada de Fidel Castro al poder lo llevó de vuelta a Cuba, aunque sin excesivo entusiasmo. electricity in salt water El conocimiento de primera mano de la naturaleza autoritaria y desleal del líder de la triunfante revolución desde antes de su conquista del poder, le evitó la tentación de la confianza ciega y la esperanza ilimitada.

Sin embargo, su condena a 20 años de prisión en 1964, más que otra muestra de la arbitrariedad de la nueva dictadura —o del carácter rencoroso de su jefe máximo— lo fue más bien de esa excentricidad de Valls: mientras que en aquellos días se acababa en la cárcel o en el pelotón de fusilamiento por los más disímiles motivos políticos o por meras sospechas, Jorge Valls terminó en prisión por defender a un amigo en cuya inocencia era uno de los pocos que creía. gas bubble Se trataba de Marcos Rodríguez, acusado de delatar a las víctimas de la matanza de Humbolt 7.

Incluso convencido de lo inútil de la defensa de alguien condenado de antemano, Valls consideró su deber presentarse a declarar en el juicio que se le siguió, e intentar demostrar que lo que se argüía contra el acusado no eran pruebas contundentes, sino más bien evidencias circunstanciales. gas efficient cars under 15000 Como todos los que trataron de disuadirlo de asistir al juicio le advirtieron, el tribunal no tomó en cuenta su declaración de que Marcos Rodríguez no era el único que conocía del escondite de los revolucionarios ni poseía las llaves del apartamento. zyklon b gas canister for sale En cambio, ser el único elemento discordante en la cuidadosa coreografía en que se convirtió el juicio a Rodríguez no fue pasado por alto por el régimen y, en menos de quince días, ya había sido apresado y acusado de los más increíbles delitos.

De su larga estancia en el presidio político da cuenta no solo su libro testimonial Veinte años y cuarenta días, sino además buena parte de las memorias de sus compañeros de prisión que, comulgando o no con sus ideas políticas, no podían menos que reconocer su reconfortante presencia en medio del horror carcelario. No siendo líder de ninguna de las numerosas huelgas de hambre y protestas emprendidas en esos años, no dejó de secundarlas, menos convencido de su eficacia que de la necesidad de no abandonar a sus compañeros en sus peores momentos. Último en las bravuconadas pero entre los primeros en recibir los palos o atender a sus compañeros: de atender a las múltiples memorias que se han escrito sobre el presidio político cubano, así se puede resumir la trayectoria de Jorge Valls en aquellos años.

Pudiendo gozar de la amistad de un multimillonario como George Soros o una estrella de cine como Val Kilmer —quien le ofreció un jugoso contrato para llevar su vida al cine— optó por una existencia modestísima culminada en su reciente muerte, que como la de tantos otros exiliados, llegó sin alcanzar a ver el fin de la dictadura que vio encumbrarse en su juventud.

Oyéndolo hablar, viéndolo desplegar su aguda inteligencia en casi cualquier región del conocimiento humano, desde las artes a las ciencias naturales, desde la historia y la filosofía a las abstracciones matemáticas o teológicas, no costaba trabajo imaginar cómo sería la experiencia de conocer a un maestro filósofo de la Grecia clásica o a alguno de aquellos legendarios héroes del Renacimiento florentino.

Entre amigos siempre recordamos la vez que, luego de dar una conferencia, lo invitaron a una recepción en un apartamento neoyorquino de esos que incluso en películas parecen increíbles, donde, con la naturalidad de siempre, Jorge pasaba de un tema a otro para embeleso de unas cuantas señoras mayores que no podían creer que alguien pudiera saber tanto de tantas cosas distintas.

Para completar el involuntario espectáculo circense en que se iba convirtiendo la velada, un amigo empezó a presionarlo para que tocara alguna pieza en el piano que ocupaba la sala y Jorge, que si algo le molestaba más que el alarde era decepcionar a un amigo, empezó a hacer sonar el instrumento como sospecho no lo había hecho en mucho tiempo, ante lo cual una de aquellas admiradoras soltó en un suspiro: "Ay… ¡y toca piano!"

Algo así como si ejercitara cierta forma de la santidad, solo que la suya era de algún modo clandestina, en la medida que lo puede ser alguien que se aparta de manera tan radical del común de los mortales. Gracias a eso creo que ahora entiendo mejor el desconsuelo de los discípulos de Sócrates. a level physics electricity questions and answers Porque sospecho que más que su sabiduría y sus consejos —que luego podrían apresarse en algún libro— lo que sabían irremplazable era la confianza que les daba saber que la rectitud de sus palabras iba a estar encarnada, paso a paso, por una vida llevada con no menos exigencia. Lo que en cualquier otro hubiese sido pose, gesto antinatural, en él era la punta del inmenso iceberg de su espíritu (sí maestro, con todo lo picúo que suena).

A pesar de todas las décadas, experiencias y conocimientos que me llevaba de ventaja nunca se permitió el menor gesto de condescendencia, como no se permitía otros vicios tan frecuentes como la envidia o el rencor. Su desprecio al régimen que lo había encarcelado durante dos décadas y luego expulsado al destierro, se basaba en su carácter autoritario, corrupto e inconsecuente, pero nunca en agravios personales de los que no se daba por enterado.